RECUERDOS DE LA PLAYA DE LA PUNTILLA

Intuyo pasados los años, que lo que verdaderamente hacía mi abuelo Manué era avisarnos de que las generaciones futuras –mis hijos, los hijos de mis hijos, etc.- no iban a poder disfrutar en plenitud, de la naturaleza que nos rodeaba en ese momento por culpa del desarrollo mal entendido de personas que se llenan la boca y los bolsillos de la palabra Puerto, sin importarles un comino la herencia de todo a cien que van dejando detrás.
En muchísimas ocasiones al comenzar nuestra andadura por el Camino de los Enamorados, teníamos la suerte de coincidir con los arrieros que transitaban hacia la playa en busca de su carga diaria de arena, para surtir a las calerías del lugar del material necesario para la construcción. Éstos, nos subían en sus burros con el consentimiento de nuestros padres, y nos llevaban en aventura continua entre el olor a retamas, pinos y eucaliptos hasta la entrada del bar del Castillito, siempre cobijado a la buena sombra del enorme eucalipto que le acompaña desde tiempo inmemorial, y donde las dunas de arena nos daban la bienvenida a los primeros baños de la temporada.
Con el paso del tiempo los zagales nos íbamos independizando de nuestros padres, e iniciábamos la aventura por nuestra cuenta y riesgo. Riesgo que asumíamos no sin mucha consciencia cuando nos arremolinábamos entorno a las piedras del canal del río para darnos nuestros buenos chapuzones en el encuentro del río Guadalete con la propia Playa de la Puntilla. Raro era el verano que no corría de voz en voz por toda la playa el rumor de ... “quillo, sa jogao un jerezano cruzando la caná”. Y lo malo de esto es que era verdad.
Son los primeros recuerdos que tengo de mi relación con la Playa de la Puntilla, nuestra playa, la más portuense de todas. La de siempre, la que nunca nos falla. La fotografía data del año 1971, tenía yo 14 años.
Manolo Morillo
Verano en Primera Persona
Diario de Cádiz.
10 de septiembre de 2005
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