LA CÁSCARA AMARGA

Aun siendo El Puerto una ciudad apegada a la mar, con toda la sabiduría, hospitalidad y cosmopolitismo que esta situación supone, parece que las malas prácticas como casi siempre, se nos adhieren antes y con más fuerza que la solidaridad con el propio ser humano. Basta con que una noche decidamos tomar unas copas por el amplio abanico de locales nocturnos habilitados al efecto, para que seamos testigos no sin sorpresa e indignación de la exclusión tácita en algunos de estos locales, de trabajadores inmigrantes sudamericanos. El poder de humillar no tiene límites, la memoria colectiva parece que sí. También suele ser de uso habitual en nuestro querido Puerto entre familias pudientes que nos visitan de verano en verano, y que se ubican en urbanizaciones llamadas de alto standing, la contratación de familias enteras de inmigrantes a tiempo completo -24 horas sin descanso- para la realización de las tareas propias del hogar. Algunas de estas ‘contrataciones’ se realizan a la antigua usanza, de palabra, o sea con menos papeles que un conejo de campo. Y para rematar la faena e imitando a la abolida Ley de Paso sudafricana, los más jartibles de la Feria de Primavera que año tras año dedica El Puerto a la cultura del vino, cuando nos retiramos después de bebernos la parte que nos toca, vislumbramos esquivando la mirada entre luces y sombras, las pizpiretas y cansadas figuras de personas bajitas, morenas y con rasgos andinos, que se aprestan a guardarnos las casetas de la alegría por unos cuantos euros de color negro. La cáscara amarga en mi pueblo no sólo la tienen las naranjas de la Plaza Perá. Amanece sobre El Puerto y que salga el Sol por donde quiera.